Hablemos sobre...
Esclerosis Múltiple


Presentación

Qué es la E.M.

Síntomas y tipos de E.M.

Vivir con E.M.

Algunos datos interesantes

Algunas ideas desde la experiencia

vivirem@ozu.es


~ Vivir con E.M. (1) ~

Todo empezó con una sensación extraña en la mano derecha. No acertaba a explicarlo muy bien y sólo sabía decir: es como cuando se duerme un pie... No sentía dolor ni ninguna otra molestia significativa; simplemente esa extraña sensación en los dedos.

Tenía 22 años. Estudiaba en la Universidad la carrera que siempre me gustó (Psicología). Vivía en casa de mis padres y todo iba bien. Hasta ese entonces mis contactos con un hospital o con médicos se reducían al momento de mi nacimiento y a esporádicas visitas por esguinces y demás. Un verdadero lujo de vida que no se aprecia en lo que vale.

Dado que esos primeros síntomas no influían significativamente seguí con mi vida normal, eso sí, sin dejar de pensar qué me estaba pasando pues, aunque la gente, con toda su buena fe, me decía que eso no era nada, yo sí sentía que era algo. Y de hecho lo era.

Empecé el peregrinar de médico en médico pues los síntomas fueron a más. Ese acolchamiento, ese sentir la mano dormida, acabaría sintiéndolo también en la pierna derecha. Así día tras día, sintiendo que algo en mí iba muy mal, y oyendo a médicos que me decían que no era nada, que serían nervios. Electroenfalogramas, análisis de sangre... Aparentemente, todo estaba normal. Pero yo seguía peor cada vez. Con el tiempo me vi obligada a escribir con la mano izquierda durante un tiempo, pues era incapaz de hacer movimientos finos con la mano afectada. Y tenía mucho miedo a caerme, pues la pierna derecha estaba más floja por momentos.

Aproximadamente dos años después del inicio de los síntomas, empezó a afectarme a la visión. No fue nada fulminante. Otra vez fue algo sutil: un ligero velo en el ojo derecho, que me permitía ver sin problemas pero como si tuviera un tela de gasa muy fina ante él. Esta vez tuve más suerte. Fui a un oftalmólogo que, tras hacerme todas las pruebas posibles, me comunicó que no tenía absolutamente nada en el ojo. Otra vez esas palabras: no tengo nada pero veo mal, y mi mano y mi pierna ya no me responden como antes. Estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando, lo recuerdo perfectamente, me preguntó:

- ¿Te notas algún otro síntoma? ¿Notas algo más?
Y me desahogué. Claro que sentía algo. Al acabar de explicarme, me dijo que tal vez fuera algo neurológico. Me puso en contacto con un neurólogo conocido y ahí empezó a cambiar todo.

Faltando unos días para el comienzo de mi último año de carrera, me vi ingresada por primera vez en mi vida en un hospital. Durante aquella semana pasé por unas pruebas que sólo me sonaban por mis estudios: potenciales evocados, punción lumbar y la resonancia magnética. Estar allí era, paradójicamente, una liberación. Al fin se hacía algo para entender lo que me pasaba. Pero a pesar de la liberación, el miedo seguía, pues dado que yo había estudiado algo al respecto y además, este espíritu investigador mío me había llevado a consultar cosas relacionadas con el tema, intuía que la E.M. podía ser el diagnóstico final. Recuerdo comentarlo con alguien y decirme que no, que no era posible que tuviera eso. Pero al final lo tenía.

Cuando uno de los médicos me dijo que padecía E.M. parecía realmente serena. Le comenté que conocía algo de la enfermedad y ahí quedó todo. Pero esa misma noche, aún en el hospital, tuve que huir de la habitación y una enfermera me encontró aguantando el llanto, apoyada en una pared del pasillo. Aquella muchacha me llevó a la sala de descanso y me brindó su apoyo: y lloré, excusándome porque en el fondo no estaba tan mal, porque me lo esperaba... Pero fue superior a mí. Ahora empezaba otra etapa en mi vida: tenía que aprender a vivir con E.M.